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LA DIFERENCIA ENTRE VISIÓN Y GESTIÓN
EMPRESARIAL
Por: Sergio Lozinsky
El futuro es cuanto uno se atreve a hacer (Carlos Lacerda).
Como consultor, tengo el privilegio de poder conversar
con los ejecutivos sobre los logros y también sobre
las dificultades que sus empresas experimentan en el mercado
cada vez más dinámico en el que vivimos.
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A partir de esas conversaciones –desarrolladas formalmente (como parte
de proyectos de consultoría), o informalmente (incluso como desahogo) – es
posible construir algunos escenarios que reflejan el pensamiento empresarial,
sus desafíos y sus ambiciones.
En este inicio del siglo XXI, uno de esos "desahogos" es el tema
del retorno de la inversión en tecnología. Después de
los millones y millones de dólares generosamente destinados a nuevos
sistemas de información, infraestructura de comunicaciones y procesamiento,
Internet, intranets y CRM, ¿tenemos algo concreto de lo cual “enorgullecernos”? ¿Nuestras
empresas están efectivamente respondiendo con una pujanza observable
y palpable? Puedo afirmar que según la percepción de muchos ejecutivos
y accionistas, la respuesta es “¡No!” o, de forma más
elaborada, “sin duda tenemos algunas mejoras, pero cambio valioso, no”.
¿Dónde está el problema? ¿En las falsas promesas
de lo que la tecnología puede hacer? ¿En la falta de capacidad
de los usuarios para explorar ampliamente los recursos a su disposición?
En mi opinión, la cuestión no está en la tecnología
o en su aplicación; al fin de cuentas, todos los éxitos y los
fracasos de una organización (con o sin fines de lucro) deben atribuirse
a sus líderes, sean líderes de hecho o de derecho. Una evaluación
de cómo una organización desarrolla y conduce sus estrategias,
de cómo administra sus negocios, termina revelando las razones fundamentales
de sus resultados.
El momento que vivimos, por ejemplo, es de gran presión: los márgenes
son estrechos, los mercados se contraen, la competencia viene de todos lados. ¿Cómo
responde la mayoría de los ejecutivos a esta situación? Con acciones
enfocadas al corto plazo. ¿Está mal? No, pero explica mucho.
Las acciones enfocadas al corto plazo presentan resultados apenas incrementales,
que permiten la supervivencia en un horizonte de tiempo visible y el mantenimiento
de una rentabilidad decente o, por lo menos, evitan perder dinero. Eso se refleja
en todos los campos, inclusive en el tecnológico: los proyectos acaban
por priorizar la sustitución de sistemas antiguos y costosos, concentrándose
en la automatización de procesos que permiten ganancias inmediatas,
y poco se atreven a cambios con impacto en el negocio. Además, esos
proyectos deben ser realizados con poco dinero y rápidamente.
Otro ejemplo de este tipo de acciones es la creciente tercerización
de los servicios de tecnología y comunicación. ¿Un error
estratégico? Ciertamente no. La empresa del futuro tiende a estar más
descapitalizada en términos de activo físico, de modo de poder
invertir más intensamente en su marca, en sus productos y la atención
al cliente. Pero la tercerización realizada con el principal (o único)
objetivo de recortar costos acaba por limitar bastante el debate interno sobre
cómo mejorar los procesos de negocios de la empresa. El trabajo tercerizado
tiende a convertirse en un commodity. Las conversaciones mantenidas con las
empresas que ya adoptaron la tercerización de tecnología hace
algún tiempo dejan ver una revalorización de lo que debe ser
tercerizado.
Ese tipo de actitud, que no deja de ser importante y beneficiosa para el negocio,
caracteriza el trabajo del “administrador”: su papel es llevar
a la organización sana y salva desde aquí hasta un punto definido
en el futuro (no muy distante), donde el cumplimiento de las metas será recompensado
por una bonificación que surge de una administración con sabiduría
y cautela a lo largo del tiempo. La mayoría de los ejecutivos se encuadra
en este perfil, que es (dicho sea de paso) fundamental para sustentarnos en
un mercado saludable y práctico.
Un pequeño porcentaje de la población (probablemente menos del
1%) está formado por los “ visionarios”: personas que simplemente
no se satisfacen con las cosas como son. Están en todos los campos de
actuación y son los responsables del progreso de la humanidad. Es un
don que, si es adecuadamente canalizado a través de una organización
empresarial, asegurará la competitividad y la supervivencia de esa organización
en el largo plazo. Eso es, si además de visionarios, la organización
tiene buenos administradores para que manejen los períodos intermedios
que formarán ese largo plazo.
Los líderes visionarios son aquellos que, frente a una nueva tecnología,
por ejemplo, vislumbran nuevas posibilidades (mucho más inteligentes)
de desarrollar sus negocios o incluso realizar nuevos tipos de negocios. Son
esas personas que buscan revolucionar la cadena logística de una empresa
o de la industria, exigen una sofisticación extrema de la gestión
del relacionamiento con los clientes, presionan para que el conocimiento obtenido
por la empresa sea compartido y transformado en un activo relevante de la organización,
además de crear nuevos productos y servicios a partir de las potencialidades
que ofrece la tecnología. El retorno de este tipo de inversión
suele ser inigualable.
Frente a una nueva inversión en tecnología (ERP, CRM, Supply
Chain Management, Portal Corporativo) la empresa debe asegurar que el proyecto
tenga su dosis de “visión”, que puede venir desde adentro
de la empresa o ser incorporada a través del uso inteligente de consultores
o “gurús”. Las ideas que “rompen” el status
quo deben ser planteadas y debatidas en las fases iniciales del proyecto, cuando
todavía es posible redireccionar el alcance, los recursos y el foco
del trabajo, con menores impactos. Si no fue posible “radicalizar”,
por lo menos la expectativa de resultados podrá ser debidamente “calibrada”.
Equilibrar visión y gestión: un componente fundamental para
asegurar, más que el retorno de la inversión, el éxito
de una empresa hoy y siempre.
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